Comunicar es poner lo propio en común. Para conseguirlo, es necesario contar con dos premisas básicas: tener algo propio que compartir y hacerlo llegar a los destinatarios. En realidad, la oratoria no es solamente un talento innato que algunas personas poseen, sino, sobre todo, una cualidad en potencia que comparte la gente y puede pulir hasta convertirla en un activo.

La comunicación oral es una práctica habitual en el ámbito de los recursos humanos: entrevistas de trabajo, reuniones comerciales, presentaciones en público, informes de equipo o, simple y llanamente, conversaciones entre compañeros o cargos son ejemplos cotidianos de esta actividad de la que depende, en mayor medida de la que se piensa, la eficacia laboral.

La verdad es que a hablar se aprende practicando, pero existen manuales de oratoria que recogen con rigor y precisión algunos de los principios básicos que cualquier speaker debe conocer.

Uno de ellos es Cómo enamorar hablando en público, de Míchel Suñén, que destaca la importancia de la preparación próxima y remota, del conocimiento del público, de la adecuación del contenido a sus intereses y expectativas, de la elaboración de un buen guion y de la naturalidad, como algunos de los pasos determinantes a la hora de comunicar con eficacia.

Cada vez más, la externalización de RRHH amplía el ámbito relacional de las empresas y sus trabajadores. El trabajo temporal, por otra parte, obliga a acelerar los intercambios de comunicación y dificulta la puesta en común de la información.

Sea como sea, convertirse en un auténtico experto en la materia a tratar (con ideas propias y genuinas sobre el tema), elaborar el mensaje pensando en sus destinatarios, escuchar al público o interlocutor durante la comunicación, expresarse con sencillez (como uno es habitualmente) y sentirse estimulado, persuadido y entusiasmado por lo que se está diciendo son los valores principales que permiten conquistar y seducir al auditorio.